La Batalla Naval de Vallecas

La Batalla Naval de Vallecas es una tradición de más de 30 años que se celebra cada año en el distrito de Vallecas (Madrid). En ella los lugareños y visitantes ocasionales participan en una trifulca muy refrescante en honor a La Virgen del Carmen.

Este año la celebración adquiere un significado adicional, destinado a ser un signo de descontento contra los fuertes golpes al estado de bienestar español y los recortes sociales que el gobierno no tuvo más remedio que adoptar presionado por las exigencias de la Unión Europea para reducir el déficit.

La batalla comenzó a las 5 de la tarde este Domingo, 18 de julio en la calle Peña Gorbea, donde varias carrozas diseñadas para parecerse a buques marinos marcharon hacia la plaza vieja de Puerto Rubio rodeadas de cientos de “vallecanos” armados con pistolas, bombas de agua, cubos, cuencos de plástico y lavacoches portátiles de agua a presión tipo Kärcher. Todo ese equipo resultaba de poca utilidad cuando los vecinos “listillos” empezaron a regar a la multitud con mangueras desde la seguridad de sus balcones.

Esa particular “guerra” ha empleado 64.000 litros de agua, adquirida por la Junta del Distrito. Esa cantidad apenas representa el 5% del agua utilizada para el riego de los campos de golf de la capital.

Sólo unos pocos fotógrafos audaces se atrevieron a adentrarse allí con su equipo, jugándose el orgullo y también a dejarlo totalmente mojado. No estaba dispuesto a llevar a mi Nikon D3, he optado por su hermana menor la D700, cubierta de funda de plástico protectora Kata, comprada hace un año para mi viaje a Buñol, Valencia, donde en vez del agua los vecinos se lanzan tomates maduros.

Las fotografías que hice están disponibles en mi archivo de Photoshelter, si te gusta alguna hay licencias bastante asequibles para Bloggers y también para publicaciones editoriales.

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Visiones de hambre en Djibouti

Marcus Bleasdale es un conocido fotógrafo de guerra, ha documentado las cicatrices de conflictos en Somalia, la República Democrática del Congo, Cachemira y Nepal. Es miembro de la Agencia VII Photo, cuyo trabajo se publica en New York Times, National Geographic, u otros medios de primera línea. Sus imágenes muestran retratos de pobreza, desnutrición en lugares donde años o décadas de guerra han dejado a la población local refugiándose de los bombardeos en viviendas provisionales, con poca agua potable y sin comida.

Lo que encontró durante su visita a Djibouti, un país pequeño y poco conocido en el Cuerno de África, generó un sentimiento inquietantemente familiar. Sólo que esta vez, la privación no fue el resultado de la guerra, sino de la pobreza. Bleasdale comenta, “Las condiciones del entorno parecen a una zona de conflicto”.

Djibouti es un lugar de paso, se utiliza como base para operaciones militares en otras partes de África y Oriente Medio por Gran Bretaña, Francia, España y Estados Unidos. La ciudad capital, también llamada Djibouti, atrae a la gente pobre de los alrededores que vienen en busca de trabajo y la mayoría no lo encuentra, así como los refugiados de países vecinos, especialmente Eritrea, Etiopía y el Congo.

Las imágenes muestran los barrios bajos de Balbala en las áreas que rodean el centro de alimentación de MSF en Djibouti. El tratamiento de la desnutrición infantil en un ambiente urbano tiene muchos retos adicionales no relacionados con los habituales en los centros de alimentación en las zonas rurales o durante tiempos de conflicto. Aproximadamente 400.000 personas viven en estas áreas y la mayoría no tiene acceso a agua y suministros estables de alimentos. El porcentaje de malnutrición de niños menores de cinco años tiene dimensiones epidémicas.

La gente pobre de Djibouti se refugian en los barrios en las afueras de la ciudad. Construyen refugios de hierro corrugado y otros materiales de deshecho y aquellos que consiguen una vivienda más estable se sienten aventajados. El gobierno se niega a instalar un suministro de agua en los barrios bajos, pensando que por las pocas comodidades que se ofrecen la gente dejará de establecerse allí, se equivoca.

No hace mucho, Bleasdale visitó una clínica de Médicos Sin Fronteras de alimentación terapéutica en las afueras de la ciudad de Djibouti. Se inauguró en 2009 e incluye una sala de alimentación de emergencia, para los casos más severos de desnutrición, y dos salas secundarias. Niños son pacientes habituales dentro de urgencias de la clínica, se les alimenta utilizando un tubo gástrico-natal. La docena de camas en este pabellón están siempre llenas.

Las pruebas y mediciones que se hacen a los niños se registran en un brazalete que cada uno lleva en su brazo. Allí se marca con un código de color los casos más graves: verde, naranja y rojo para casos más graves de desnutrición. La primera experiencia de ser pesado suele ser aterradora.

Una hoja de papel colgada de la pared sobre cada cama registra la rutina diaria del paciente. Los niños son despertados para ser alimentados cada tres horas. Muchas de las madres permanecen con sus niños en la clínica y son responsables de alimentarles. ”Nuestra imagen estereotipada de la pobreza y la malnutrición es de un niño flaco solo en la calle”, dice Bleasdale “, pero esa imagen dista mucho de ser completa ya que no incluye a las madres”.

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La Rapa das Bestas, mil fotógrafos dos caballos

Perdiendo potencia a medida de que el Yaris “dos caballos” luchaba contra un moderado pero persistente ascenso ya habiendo entrado en la provincia de Pontevedra, observé que a lo lejos, donde se dibujaban pequeños pueblos con tejados rojos contrastando con el verde del paisaje, uno parecía estar cubierto de una densa bruma.

Lo curioso de la imagen fue que ningún otro pueblo iluminado con rayos direccionales del sol que se colaban entre densos nubarrones parecía compartir la misteriosa niebla. Desee poder parar en el arcén y marchar hasta un punto algo más elevado para poder hacer una fotografía, pero muy a mi pesar no se puede parar así como así en una autopista.

Poco a poco el cochecito cogía velocidad y se acercaba al pueblo fantasma. El zumbido del motor hasta ahora monótono se ahogaba dentro de otro sonido, desconcertante e intenso. Parecía como si turbina de un avión arrancara, emitiendo un rugido ascendente. Por el parabrisas delantero se veía cómo una cortina blanca, con opacidad comparable a un vaso de leche, se aproximaba y amenazaba tragarse el vehículo y todo su contenido. Un sólo momento fue suficiente para producir una sensación de desasociego suficiente para elevar pulsaciones y sobresaturar la sangre de adrenalina.

No importa lo rápido que salté sobre los frenos en un intento desesperado no de evitar el daño sino de reducir la fuerza del choque entre un vehículo moviéndose a 100 km/h, empotrándose en un muro blanco desconocido ergido en medio de la autopista A-52.

Lo que era un muro en aparencia resultó ser una cascada de lluvia mezclada con granizo formando un torrente infernal que impedía ver absolutamente nada, muy a pesar de los inútiles esfuerzos de los “limpias” trabajando a toda potencia.

Las luces rojas de el de delante, distorsionadas y convertidas en unas manchas de un bokeh de la escena apenas se distinguian, la chapa parecía un tambor africano en un frenesí de algún ritual surrealista. En estas condiciones y con el máximo de precaución conduje algo más de 5 kilómetros y algo que empezó tan de repente, acabó con la misma rapidez, tornando un entorno hostil y salvaje en una escena idílica donde el cielo es azul y el sol está brillando.

Al llegar a Sabucedo y acreditarse en el bus de prensa, había tanta gente de fiesta, casi la misma que me encontré el día siguiente a las 6:30 de la madrugada por el camino hacia la parroquia donde se iba a organizar como todos los años una misa para pedir la bendición de San Lorenzo, antes de subir al monte a buscar a los caballos salvajes.

La misa no parecía una misa ya que había tres aloitadores y veinticinco fotógrafos, la misma proporción se mantuvo cuando empezamos a subir al monte, algunos a pie, otros en caballos. Con 2 cámaras, una con gran angular 24-70 y otra con 70-200 (los dos polarizados) y una mochila subir unos 12-15 kilómetros por una cuesta empinadísima no resulta para nada fácil.

La niebla cubría los montes y la visibilidad era muy escasa, dificultando el trabajo de encontrar a las manadas de caballo salvajes. Aguanté hasta las 11 y para entonces ya había una media docena de animales cercados y muchos fotógrafos, entre bocadillo de lomo y cervecita, los acosaban con sus cámaras.

Por el poco tiempo que pude dormir y el madrugón que me pegué al ver a un abuelete con su Land Rover del ’66 que iba a bajar al pueblo me metí en la cabina para volver al hotel y prepararme para ‘O Curro’ que se iba a celebrar a las 7 de la tarde. El abuelete bajaba por caminos totalmente intransitables a 40 km/h. Pronuncié en mi mente todas las oraciones que me sabía.

Una buena siesta y de vuelta a Sabucedo, con algo de retraso e ignorando el partido España – Paraguay, los ‘aloitadores’ dejaron entrar a los alrededor de 200 caballos a un ‘curro’. Después de sacar a las yeguas embarazadas y potrillos, empezó la celebración, los mozos que durante un año se preparaban para esa ocasión se armaban de valor y saltaban encima de los caballos en un intento de inmovilizarlos para poder cortarles los crines y colas.

Me parece que volveré el año que viene pero estaré mucho mejor preparado.

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